1. Lava bien las papas pequeñas y de tamaño parecido, pero no las peles.
2. Ponlas en una cazuela ancha, cúbrelas con el agua justa y añade la sal gruesa: el agua quedará muy salada, y así debe ser.
3. Llévalas a ebullición y cuécelas destapadas 20–25 minutos, hasta que estén tiernas (se atraviesan fácilmente con un cuchillo).
4. Tira la mayor parte del agua, devuelve la cazuela al fuego lento y caliéntalas, sacudiéndolas, hasta que se evapore el agua que quede.
5. Con ello, la piel de las papas se arruga y se forma en ella una fina costra blanca de sal.
6. Sírvelas calientes, con piel, tradicionalmente con mojo rojo o verde.
Consejo: La proporción clásica: unos 100 g de sal por 1 kg de papas. No te asustes: a través de la piel solo pasa un poco de sal a la papa.
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