1. Frota bien los mejillones en agua fría, quítales las «barbas» y desecha los que estén rotos o no se cierren al darles un golpecito.
2. En una cazuela grande con tapa, sofríe en el aceite de oliva el ajo laminado con las escamas de chile 1 minuto y luego añade los tomates cherry partidos por la mitad y cuécelos 2–3 minutos.
3. Echa los mejillones, vierte el vino blanco, tápalo y cuécelo a fuego fuerte 4–6 minutos, sacudiendo la cazuela varias veces.
4. Cuando los mejillones se hayan abierto, retíralos del fuego; desecha los que sigan cerrados.
5. Ponles pimienta (normalmente no hace falta sal, el jugo del mejillón es salado) y espolvoréalos generosamente con perejil picado.
6. Sírvelos en platos hondos con su caldo de cocción, acompañados de pan tostado para mojar también el caldo.
Consejo: El mejillón fresco huele a mar y nunca resulta desagradable: si alguno huele mal, no lo uses.
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