1. Pela los pepinos, pártelos por la mitad a lo largo, quítales las semillas con una cuchara y córtalos en trozos de 3–4 cm.
2. Mézclalos con la sal en un bol y déjalos reposar tapados toda la noche (al menos 8 horas), para que suelten su agua.
3. Al día siguiente, tira el líquido, enjuaga el pepino con agua fría y escúrrelo bien.
4. Lleva a ebullición el vinagre con el agua, el azúcar, las semillas de mostaza, la hoja de laurel y los granos de pimienta; echa el pepino por tandas 2–3 minutos, hasta que esté algo translúcido.
5. Coloca el pepino en tarros esterilizados, en capas con los aros de cebolla y el eneldo; cúbrelo con el líquido hirviendo y ciérralos enseguida.
6. Déjalos madurar en un lugar fresco y oscuro al menos 2 semanas; una vez abiertos, guárdalos en la nevera.
Consejo: Lo ideal es el pepino grande y carnoso «para cocinar»; si no lo encuentras, el pepino largo también sirve, pero no lo cuezas demasiado, para que siga crujiente.
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