1. En un bol, disuelve la levadura en el agua templada, añade la mitad de la harina y mézclalo; luego añade el resto de la harina, la sal y el aceite de oliva y amásalo 10 minutos hasta obtener una masa lisa y elástica.
2. Tápala y déjala subir en un lugar cálido 1,5–2 horas, hasta que doble su volumen; luego divídela en 4 bolas iguales y déjalas reposar tapadas 30 minutos más.
3. Precalienta el horno a la temperatura máxima (250–275 °C) con una piedra de hornear o una bandeja dada la vuelta dentro; corta la mozzarella en daditos y escúrrela, desmenuza el gorgonzola y ralla el provolone.
4. Sobre una superficie enharinada, estira una bola con la yema de los dedos, presionando del centro hacia fuera, hasta obtener un disco de unos 28 cm, con el borde más grueso, y ponlo sobre papel de horno.
5. Reparte por encima de forma uniforme una cuarta parte de los cuatro quesos, riégala con un hilo fino de aceite de oliva virgen extra, deslízala con el papel sobre la piedra caliente y hornéala 7–10 minutos, hasta que el queso burbujee y se dore en algunas zonas y el borde se llene de burbujas.
6. Sírvela enseguida; hornea el resto de las pizzas del mismo modo.
Consejo: Es una pizza «blanca», sin tomate; en Italia a menudo se le pone fontina en lugar de provolone: cualquier queso curado que se funda bien puede sustituir a uno de los cuatro.
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