1. Lava la berenjena y córtala en rodajas finas de 5 mm o en bastones.
2. Pon las rodajas en un bol, cúbrelas con la leche, en la que habrás mezclado una cucharadita de sal, y déjalas reposar al menos 1 hora: así pierden su sabor amargo y absorben menos aceite.
3. Escurre las rodajas, pásalas por la harina y sacúdeles el exceso.
4. Calienta el aceite a 180 °C y fríe la berenjena en tandas 2–3 minutos, hasta que esté crujiente y dorada; escúrrela sobre papel de cocina y sálala ligeramente.
5. Amontónala en una fuente y riégala con un hilo fino de miel de caña.
6. Sírvela enseguida, bien caliente.
Consejo: La «miel de caña» es en realidad melaza de caña de azúcar; si no la encuentras, sirve una miel oscura y de sabor fuerte.
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