1. Exprime el zumo del limón en un bol con agua fría (echa también la piel): en ella pondrás las alcachofas limpias, para que no se oscurezcan.
2. Arranca las hojas exteriores duras de las alcachofas hasta llegar a las hojas interiores, tiernas y de color verde claro; corta la parte de arriba 3–4 cm, recorta el tallo a 5 cm y pélalo, raspa con una cucharita la «barba» peluda del interior y luego ponlas en el agua con limón.
3. Pica finas las hojas de menta, el perejil y el ajo y mézclalos con sal, pimienta y 2 cucharadas de aceite de oliva.
4. Escurre las alcachofas, separa un poco sus hojas y mete la mezcla de hierbas en el centro y entre las hojas.
5. Colócalas bien juntas, boca abajo y con el tallo hacia arriba, en una cazuela estrecha y alta; riégalas con el resto del aceite, vierte el vino y el agua necesaria para cubrirlas hasta la mitad, sálalas, tápalas y cuécelas a fuego lento 25–30 minutos, hasta que un cuchillo entre fácilmente en la base.
6. Sírvelas tibias o a temperatura ambiente, regadas con su jugo espesado.
Consejo: En Roma usan una menta silvestre llamada «mentuccia», más suave que la hierbabuena: junto a la menta normal puedes añadir una pizca de orégano seco para acercarte al original.
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